SENEGAL, PAISAJE HUMANO (10)

DÍA 4 DE ABRIL.

VIGÉSIMO PRIMER DÍA DE CONFINAMIENTO Y CON EL ÁNIMO MANTENIDO.

 ¡UN DÍA MÁS RESISTIENDO!



         SENEGAL, PAISAJE HUMANO (10)




X.-TERRITORIO DIOLA. UN CORO GOSPEL.

Es domingo y el guía nos informa que hay, camino de Ziguinchor,  un pueblecito diola llamado Diembering donde hay misa en la iglesia católica. Nos dice que canta un coro Góspel y allí nos presentamos.

 Los recuerdos de mi infancia afloran nada más ver a la maestra, alta y enjuta, vestida con un colorido traje de falda amarilla y azul, blusa amarilla y pañuelo a juego con la falda. Se sienta en primera fila y va colocando a los niños y niñas que entran esmeradamente vestidos, limpios y guapos, luciendo sus mejores galas, igual que los adultos. 


Una vez que empieza la misa la maestra controla que todos los niños estén atendiendo; más de uno se lleva un buen tirón de orejas…
Y mientras un coro mixto rebosante de color, desgrana himnos y cantos eclesiásticos, acompañados por palmas y timbales.


Completamos la visita al pueblo conociendo su coqueta plaza presidida por un árbol milenario, una ceiba o fromager, con sus raíces inmensas. Debajo de la ceiba hay un pequeño mercado. Allí conversamos con una enfermera catalana que se ha jubilado y vive aquí. Colabora con ONGS y ahora vende ropa de segunda mano en este mercadillo.





Se termina el tiempo que nos queda de estar en Casamance así que el guía nos propone visitar un poblado diola animista que mantiene las construcciones de chozas tal como nos explicaron en el museo de Sangawat.
 Hoy, como es domingo, vemos a más niños y jóvenes por las calles. Unos niños nos saludan al entrar en la aldea, van pertrechados de mochilas y en la mano llevan una esterilla. Son una especie de Boys Scauts que van a pasar el día fuera. Nos encontramos con pequeños huertos y gallinas y patos pululando de un lado para otro. Antes de llegar a la choza que queremos ver, nos paramos en la casa de una familia donde la madre, una mujer bien mayor, nos enseña la cerámica que hace de forma totalmente rudimentaria, con barro. Nos animamos a comprarle dos tacitas y ella lo agradece.

Ibran  va cargado con el resto de las golosinas y las bolsas de ropa que nosotras le hemos dado.

Muy amablemente el abuelo que vive en la choza nos invita a pasar. Es una construcción digna de reseñar. En el medio un hueco de luz que sirve a la vez para recoger el agua de la lluvia. En las paredes circulares hay colgados aperos propios del trabajo en el campo, sombreros de paja, alforjas, azadas… y cuatro puertas   que se corresponden a cuatro habitaciones con ventanucos a la calle. Nos asomamos a una habitación, la del hombre mayor, y la vemos limpia y ordenada. El techo está reforzado con vigas de madera, tanto en el interior como en el exterior. Allí vive una familia completa.


 Pero la vida transcurre en la calle. Alrededor de la choza un niño hace rodar un aro, guiado con un trozo de madera, otro juega con un coco partido por la mitad al que ha puesto una guía y lo hace girar. Se ponen contentos cuando ven que nos interesamos por sus juguetes. Al del aro le hago entender, usando el francés, que en mi país también jugábamos con esos aros, pero la guía era de alambre en vez de madera.






 Las niñas me ven la botella de agua en el bolso y me piden el envase. Parece ser que allí son un bien preciado las botellas porque ellos las utilizan para llenarlas de agua  y poder llevarlas luego al colegio o al campo cuando van a trabajar.

Nos reúne el guía y a la chica mayor de la casa le hace entrega de la ropa, con la condición de que la reparta a partes iguales entre todos los miembros de la aldea. Los niños disfrutan con las últimas chuches que les da Ibran.

Y así nos despedimos del  poblado recibiendo el calor de sus habitantes.
Llegamos a Ziguinchor con el justo tiempo de descargar maletas y dar una vuelta por el centro antes de cenar. En realidad la vuelta dura poco, calles oscuras y vacías no nos ofrecen ningún atractivo, por lo que decidimos volver al hotel para la tertulia y la cena al lado del mar.






Hoy nos despedimos de nuestro guía y nuestro conductor. Nos llevan al aeropuerto para coger un vuelo doméstico de Air Senegal. Una vez embarcadas las maletas les decimos adiós a Maron y a Ibran. Les damos la propina y nuestro agradecimiento por habernos conducido tan bien a lo largo del país. Siempre son tristes las despedidas.


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