ALDANA, LA CIUDAD QUE VIVÍA EN UNA PANTALLA.
DÍA 7 DE ABRIL.
VIGÉSIMO CUARTO DÍA DE CONFINAMIENTO. ¡LO VAMOS A CONSEGUIR!


VIGÉSIMO CUARTO DÍA DE CONFINAMIENTO. ¡LO VAMOS A CONSEGUIR!
ALDANA, LA CIUDAD QUE VIVÍA EN UNA PANTALLA.

Después
de unos años de retiro bebiéndome las mieles de la vida rural, participando en
la tranquilidad de los amaneceres, solo interrumpida por el sonoro canto del
gallo de mi vecino Lucas, y el cacareo acompasado
de las gallinitas ponedoras, he tenido que hacer una pausa para volver a la
ciudad. Podría haber elegido cualquiera de ellas pero casi todas ofrecían el
desencanto de su masificación, y con ello todos sus efectos secundarios:
ruidos, polución, delincuencia, prisas, deshumanización…
Así que puestos a
elegir me vino bien inclinarme por la ciudad de la tecnología punta, la Silicon
Valley de este país. Así era Aldana. Una urbe nacida para desarrollar y
experimentar todo lo que la avanzada técnica ponía a su servicio. No era raro
ver robots limpiando las calles, dirigiendo el tráfico o sirviendo mesas en un
café.
Un galimatías de códigos y claves eran necesarias para poder entrar a
cualquier lugar. Tanto era así que los primeros días, después de mi llegada,
los pasé durmiendo en la calle y rebuscando en las basuras para poder comer.Era imposible que me abrieran las puertas de los establecimientos
por no tener asignado mi código personal.
Hasta que no digitalicé todos mis datos ante el Gran Computador no tuve acceso a mis propias claves. Este acceso me permitió participar en la vida cotidiana de una ciudadanía dedicada a la contemplación de pantallas que vomitaban a todas horas órdenes que había que cumplir:
"Pulse cinco si quiere el café solo. Pulse seis si lo quiere con leche. Introduzca su clave y diga en voz alta a qué calle quiere ir. Teclee su contraseña y seleccione el nombre del hotel en que se quiere alojar…
Hasta que no digitalicé todos mis datos ante el Gran Computador no tuve acceso a mis propias claves. Este acceso me permitió participar en la vida cotidiana de una ciudadanía dedicada a la contemplación de pantallas que vomitaban a todas horas órdenes que había que cumplir:
"Pulse cinco si quiere el café solo. Pulse seis si lo quiere con leche. Introduzca su clave y diga en voz alta a qué calle quiere ir. Teclee su contraseña y seleccione el nombre del hotel en que se quiere alojar…
- Piiiii…
contraseña errónea. Diríjase al Puesto
de Auxilio Electrónico más cercano y
rellene un nuevo cuestionario."
Al quinto día de participar en la vorágine
numérica de esta ciudad empecé a tener los primeros síntomas de agotamiento.
Entonces decidí tomarme el día libre y recompensar
a mi estómago con una opípara comida en el restaurante que más cuota de pantalla exhibía a lo largo de la
Gran Avenida. Ocupé una mesa bien situada al lado de un gran ventanal e
introduje mi código en el teclado encastrado en el centro de la mesa. Fueron
apareciendo en la pantalla los platos del menú que se servía. A golpe de tic elegí una hamburguesa doble con bacón, huevo frito
y patatas, todo ello regado con una jarra de cerveza negra. Nada más pulsar”
enter” , y cuando ya me estaba relamiendo por lo que me iba a comer, una luz roja
intermitente iluminó mi espacio mientras que en la pantalla un pitido
estridente acompañaba al siguiente mensaje:
"¡Ups! ¡Lo sentimos! No podemos atender su petición. El Gran Computador nos comunica
que usted tiene alto el colesterol y los triglicéridos. Introduzca de nuevo su
clave y le ofreceremos una comida idónea para mantener su salud."
Tardé
una semana más en resolver los asuntos que me habían llevado hasta allí. Con
todo resuelto, no dudé un instante en acercarme al Gran Computador, meter mis
claves y pulsar “Abandonar el grupo”. Una voz metálica voceó mi nombre: "Doña
Asunción Rodríguez Antúnez ha abandonado el grupo. Por favor, pulse el
emoticono que mejor defina su experiencia en nuestra ciudad."
María
J. Llanos
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