ALDANA, LA CIUDAD QUE VIVÍA EN UNA PANTALLA.

DÍA 7 DE ABRIL.

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ALDANA, LA CIUDAD QUE VIVÍA EN UNA PANTALLA.




Después de unos años de retiro bebiéndome las mieles de la vida rural, participando en la tranquilidad de los amaneceres, solo interrumpida por el sonoro canto del gallo de mi vecino Lucas,  y el cacareo acompasado de las gallinitas ponedoras, he tenido que hacer una pausa para volver a la ciudad. Podría haber elegido cualquiera de ellas pero casi todas ofrecían el desencanto de su masificación, y con ello todos sus efectos secundarios: ruidos, polución, delincuencia, prisas, deshumanización…

 Así que puestos a elegir me vino bien inclinarme por la ciudad de la tecnología punta, la Silicon Valley de este país. Así era Aldana. Una urbe nacida para desarrollar y experimentar todo lo que la avanzada técnica ponía a su servicio. No era raro ver robots limpiando las calles, dirigiendo el tráfico o sirviendo mesas en un café.
 Un galimatías de códigos y claves eran necesarias para poder entrar a cualquier lugar. Tanto era así que los primeros días, después de mi llegada, los pasé durmiendo en la calle y rebuscando en las basuras para poder comer.Era imposible que me abrieran las puertas de los establecimientos por no tener asignado mi código personal.

 Hasta que no digitalicé todos mis datos ante el Gran Computador no tuve acceso a  mis propias claves. Este acceso me permitió  participar en la vida cotidiana de una ciudadanía dedicada a la contemplación de pantallas que vomitaban a todas horas órdenes que había que cumplir:
 "Pulse cinco si quiere el café solo. Pulse seis si lo quiere con leche. Introduzca su clave y diga en voz alta a qué calle quiere ir. Teclee su contraseña  y seleccione el nombre del hotel en que se quiere alojar…
- Piiiii… contraseña errónea. Diríjase  al Puesto de Auxilio Electrónico más cercano y  rellene un nuevo cuestionario."

 Al quinto día de participar en la vorágine numérica de esta ciudad empecé a tener los primeros síntomas de agotamiento. Entonces  decidí tomarme el día libre y recompensar a mi estómago con una opípara comida en el restaurante que  más cuota de pantalla exhibía a lo largo de la Gran Avenida. Ocupé una mesa bien situada al lado de un gran ventanal e introduje mi código en el teclado encastrado en el centro de la mesa. Fueron apareciendo en la pantalla los platos del menú que se servía.  A golpe de tic elegí una hamburguesa doble con bacón, huevo frito y patatas, todo ello regado con una jarra de cerveza negra. Nada más pulsar” enter” , y cuando ya me estaba relamiendo por lo que me iba a comer, una luz roja intermitente iluminó mi espacio mientras que en la pantalla un pitido estridente acompañaba al siguiente mensaje:
Ups! ¡Lo sentimos! No podemos atender su petición. El Gran Computador nos comunica que usted tiene alto el colesterol y los triglicéridos. Introduzca de nuevo su clave y le ofreceremos una comida idónea para mantener su salud."

Tardé una semana más en resolver los asuntos que me habían llevado hasta allí. Con todo resuelto, no dudé un instante en acercarme al Gran Computador, meter mis claves y pulsar “Abandonar el grupo”. Una voz metálica voceó mi nombre: "Doña Asunción Rodríguez Antúnez ha abandonado el grupo. Por favor, pulse el emoticono que mejor defina su experiencia en nuestra ciudad."


 Curiosidades que desconoces de los emoticonos de WhatsApp | Diario Sur



María J. Llanos






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