CARTA A FEDERICO
Mi querido Federico:
Desde que toqué la tierra reseca y curtida
del Barranco de Viznar; desde que me
llevé, adosadas a mis zapatillas, las hojas secas caídas del olivo de Alfacar, de ese que se muestra erguido cerca
de la Fuente Grande; desde que te sentí a mi lado paseando las calles de
Granada; desde que Bernarda Alba se hizo presente en su casa de Valderrubio y me murmuró sus secretos en el brocal del pozo
adornado de geranios; desde que en la Huerta de San Vicente respiré el mismo
aire cómplice que te dio cobijo en las
horas inciertas. Desde ese mismo momento, deseé abrazarme a tu recuerdo para
sentirte vivo de nuevo entre nosotros.
Yo no quiero pensarte dibujando poemas de
muerte premonitoria en esa angustia desacompasada del cri- cri de las
margaritas. No me resigno a escuchar tu voz temblorosa en aquella madrugada del
18 de agosto cuando improvisabas poemas para amortiguar el miedo de Dióscoro,
de Joaquín, de Paco y el tuyo propio, Federico. Me niego a verte temblando bajo
el ruido marcial de botas y fusiles. No soporto imaginarte mirando cara a cara
a la muerte en tu último amanecer mientras te hacías preguntas que nadie quiso
contestar. Por eso, necesito decirte que, a pesar de tu ausencia, sigues vivo
en mi memoria y en la de todos los que te seguimos leyendo, de los que nos
seguimos emocionando cuando oímos a un niño en la escuela recitar tus versos, o
cuando se cierra un telón y detrás quedan los ecos de las voces de tus
apasionadas mujeres.
Si pudiera regresarte, traerte hasta esta otra orilla, aunque solo fuera un instante, te tomaría de la mano y te llevaría por el mundo para que vieras la huella que nos dejaste. Te enseñaría una calle de San Francisco, donde grabado en piedra te mencionan como “el poeta y dramaturgo español que murió asesinado por su heroica oposición al totalitarismo fascista”, o iríamos a sentarnos en el Café Tortoni de Buenos Aires donde conservan intacto el sitio que tú ocupabas en tardes de tertulia. No olvidaría llevarte de La Habana a Santiago de Cuba en un coche de agua negra en noche de luna llena. Y de Cuba iríamos a Nueva York para mostrarte la olvidada tumba donde reposa el cuerpo de tu desconsolado padre, exiliado de impotencia por no haber podido salvarte de tanta sinrazón. Y de Nueva York a Madrid y de Madrid a Fuente Vaqueros y a tu Granada, y allí, en el Rinconcillo, en la Plaza de Santa Ana, brindaría contigo por tu legado y la memoria recobrada.
No puedo acabar esta
carta sin contarte mis temores: quiero que sepas que las sombras empiezan a desplegar,
otra vez, sus negras alas y que las mordazas amenazan con llevarnos de nuevo a
la oscuridad. Yo intento acallar mis miedos gritando,
¡Federico vive!
Un eterno abrazo con aromas de laurel.
M.J
Mayo 2026

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